En la Ultreya de Navidad, el testimonio que María Velasco compartió con tanta generosidad me permitió reconocer la acción del Espíritu Santo en su vida.
Es asombroso cómo el Señor irrumpe para transformar nuestra mirada, capacitándonos para vivir nuestras cruces con una alegría y una esperanza profundas. En el fondo, todo se resume en el amor de Dios: cuando tomo conciencia de que Él lleva el timón, el miedo y la incertidumbre pierden su fuerza. Ante las turbulencias o los hechos inexplicables —como la pérdida de un ser querido—, el Espíritu Santo se derrama para recordarnos que hemos sido salvados y para lanzarnos una pregunta directa al corazón: «Hijo mío, con este amor incondicional que recibes, ¿puedes tú amar?».

Esa llamada al amor se hizo especialmente tangible este año en la Ultreya de San Pedro Poveda. Su acogida fue un verdadero abrazo de Dios, haciéndonos sentir en casa desde el primer momento: desde la Eucaristía presidida por Jaime López Peñalba hasta la homilía, maravillosa, de Roberto Rey.
Esta fraternidad se selló de forma particular en nuestro picoteo de Navidad, porque compartir la mesa y la fe nos ayuda a recordar que la alegría cristiana se vive, sin duda, mejor en comunidad.

Además, el Belén viviente representado por la familia Castillo fue un momento de ternura inmensa. Ver a esta familia encarnar el misterio del Nacimiento me hace pensar en la sencillez con la que Dios se hace presente entre nosotros.
En definitiva, este encuentro me reafirmó la certeza de que, por el Espíritu Santo, podemos amar a los demás como Dios nos ama a nosotros.

¡De colores!
Carmen Susanna Fernández de Castro


