Amaneció el sábado un día claro y frío, pero el Señor lo tenía reservado para calentar el corazón de la comunidad.

Me llamo Juan Pablo Arenas, y desde que hice mi cursillo en el 2012, el día de la conversión de San Pablo tiene para mi un significado muy especial. La capilla universitaria se iba llenando, hasta que comenzó la celebración presidida por Eugenio Pérez Turbidí. 

El dorado de la casulla, en armonía con el retablo, me hacía caer en la cuenta, de una manera muy gráfica, que estábamos viviendo un día grande, un día de fiesta. Y es que, ¿cómo no iba a ser San Pablo el patrono de Cursillos, si, como nos dijeron en la homilía, en tres días se encontró con Jesús y fue acogido por la comunidad?.


Tras la Eucaristía, Marta Murga nos proclamó con gran generosidad un rollo en el que se nos volvía a recordar el lema de este curso “El Espíritu me ha llamado a evangelizar”. Ver como el Espíritu le ha ido empujando a lo largo de su vida, me hacía recordar los impulsos que yo he ido sintiendo, y me ha llevado a preguntarme una vez más si estoy atento a esas llamadas, y cómo respondo a ellas.


Para cerrar la Ultreya, Jaime López-Peñalba nos dirigió unas palabras, donde lo que más me resonó fue la idea de que “no evangelizamos porque seamos perfectos, sino porque somos amados”. Y es que Él me amó primero, y ¿qué otra cosa puedo hacer que no responder con mi vida? Ese es el ejemplo que nos ha dejado San Pablo, bajo cuyo patrocinio peregrinamos.


¡De colores!.

Juan Pablo Arenas

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