Causa de santidad del siervo de Dios Sebastián Gayá

Un día de noviembre de 2017, de camino al trabajo, recibo la llamada para quedar a comer. Allí se me comunica que quieren que sea postulador de la causa de santidad de D. Sebastián. «¿Postulador de qué?». He de reconocer que tuvo paciencia conmigo en explicármelo, y yo no salía de mi asombro. «¿Pero a mí?», y miraba a ver si había alguien más a mi alrededor. «¿No os habréis equivocado?».

Una vez que me enteré bien de lo que se requería de mí y pude recuperar el pulso, por puro agradecimiento a lo que el Señor había hecho en mi vida unos años antes, en un Cursillo de Cristiandad, dije que sí y empezó una aventura apasionante.

Años de formarme y obedecer, entender que todo está estipulado, nada que inventar ni innovar, solo aportar mi trabajo, mis manos, mi tiempo, y esto no siempre resulta agradable para mi ego.

Me empapé y devoré todo lo que cayó en mis manos sobre Sebastián, sobre las causas, y enseguida entendí que, si le hubieran dicho a Sebastián que esto se haría, no tengo la menor duda de que hubiera puesto en su testamento algo para intentar impedirlo. Era así de humilde. Pero, como le digo a la foto de Sebastián que preside mi ordenador, no nos puedes privar de conocer esa vida que tuviste entregada al Señor, haciendo vida el Evangelio, que tanto puede ayudar a los que pensamos, no pocas veces, que hacerlo es imposible; que se pierda esa estela de tu vida antes de que se difunda entre los que tanto la necesitamos. Y entonces, se calla.

De su mano he descubierto el significado de la palabra providencia en primera persona. Cuando algo se torcía o surgían necesidades que, desde luego, yo me sentía incapaz de solucionar, allí aparecía la mano del Espíritu para echar una mano de forma sutil, pero eficaz, no sin antes, muchas veces, habernos dejado la piel en el asunto… ¡Y decir: «¡Esto es imposible!»!

El ser postulador te permite ver todo desde dentro y descubrir el minucioso proceso que se establece para llegar a la verdad o, en su caso, a la certeza moral, en todo lo que aconteció en la nada aburrida vida de Sebastián y de todas las personas que intervienen en el proceso: tribunal, investigadores, testigos, partes actoras, postulador y toda la Iglesia. Así, aunque hay muchas partes en acción, todos trabajan de verdad con un mismo objetivo, y esto es precioso.

Cuántas veces se me pregunta qué podemos hacer por la causa: REZAR, PEDIR, DIFUNDIR. Todo es gratis, solo requiere de mi compromiso, mi gratitud… Mucho de lo que soy se lo debo a él, que no cesó nunca en el intento de acercar almas a Dios, a través de los Cursillos, de los que yo formo parte. Pero, quizás, como esto no me parece nada espectacular, cae en mi olvido; ya otros lo harán y me perderé la oportunidad de participar en algo grande de verdad, de lo que solo Dios conoce el final.

Así que quiero dar las gracias a todos los que, sintiendo la misión que la Iglesia nos ha encomendado y, a lo largo de estos años, han ayudado con su oración, donativos, difundiendo la figura de Sebastián, pidiendo su intercesión y escribiendo favores. Todos ellos se han convertido en el corazón de esta causa. Os animo a los que no lo habéis hecho todavía a hacerlo. Merece la pena.

Gracias a mi familia, a Belén, mi esposa, que ni una sola vez se quejaron de las interferencias que esta misión ha generado en nuestras vidas, y gracias a los que se fiaron de mí por ver lo que yo no veía: que el Señor hace capaces a los que elige.

Cuando el cardenal apretaba el sello para lacrar la última caja, se me humedecieron los ojos y pensé: mi trabajo como postulador ha terminado. Ha dejado una huella en mi vida que nunca se borrará, pero ahora viene lo bueno: hacer desde el anonimato lo que he pedido a otros que hagan; rezar, velar por la causa para que, si así lo quiere el Señor, un día pueda ir ilusionado a Roma a celebrar el nacimiento de un nuevo pilar en su Iglesia, de la que me siento parte.

¡DE COLORES! 

Carlos Mora-Rey

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