Soy Pablo Gil del Valle, tengo 20 años, estudio Psicología y soy el mayor de 6 hermanos. Soy un chaval lleno de dudas, que persigue la verdad a toda costa y que desde bien pequeño le nace un anhelo por algo grande, algo que ni familia ni amigos le pueden dar. Hice mi cursillo en marzo de 2025; desde ahí he ido viviendo mi fe en esta comunidad, donde veo que el Señor cada vez me llama a implicarme más. Lo vivo como un auténtico regalo.

Hace un par de días viví esa famosa Pascua Joven de Cursillos. Todo el mundo me hablaba de lo espectacular que era y de cómo no podía perdérmela. Desde mi soberbia pensaba que serían las típicas convivencias donde tienes un subidón de fe, que más bien se explica por algo sentimental que tiene fecha de caducidad. Pues, lejos de la realidad, salgo convencido de que Cristo nos coloca uno a uno, a dedo, en esa Pascua, donde el que lo viva a corto plazo o pueda reducir su experiencia a algo meramente sentimental está ciego.

Estos cuatro días, donde la intensidad no faltó, dieron comienzo con un Jueves Santo donde la alegría brillaba. Es alucinante cómo, gracias a los rollos y las dinámicas del jueves, como la adoración, te das cuenta de que esto no es tradición, esto no lo hacemos por hacer; aquí no venimos a recordar, venimos a vivirlo. Lo que yo no sabía es que para vivir esto también se necesita mucha valentía y humildad, pero eso lo dejo para luego. Básicamente, el jueves dejas el piloto automático que muchos católicos tenemos y empezamos a vivir la Semana Santa de manera radical, porque ¿qué hay más radical que una muerte y una resurrección? Y encima por ti, sí, por cada uno de nosotros con nombre y apellidos.

El Viernes Santo fue un día muy especial donde la cruz fue la protagonista y se me reveló una gran verdad: mi cobardía. Me di cuenta de que muchas veces en nuestra vida es fácil mirar la cruz, nuestras cruces; sí, todos sabemos cuáles son nuestros problemas, en cierta manera los observamos, pero ¿acaso le miramos a los ojos a Cristo en la cruz? ¿Somos conscientes de su sufrimiento? Desgraciadamente, se vive más tranquilo agachando la mirada, sabiendo que mis cruces, que mi pecado, no tienen consecuencias o que nadie cargó con ellos. Esta es una verdad que conlleva una responsabilidad, porque aquí uno se da cuenta de su mediocridad, de su cobardía. Las verdades han de cuidarse; por eso, el viernes me di cuenta de que quiero mirarle a los ojos a Cristo. He de reconocerme pequeño y vulnerable, he de reconocer que yo también debo acompañar a Cristo cargando la cruz, porque Él ya ha cargado la mía. En mi caso personal, vi cómo mi mirada rota y sucia me habían impedido mirar cara a cara a Cristo, y cuando no le miro a Él, ¿cómo voy a mirar de manera honesta a los demás?

El sábado estábamos todos deseosos de la Vigilia Pascual. La oración y la compañía de cursillistas adultos fueron la clave, donde se me reveló la segunda verdad tras la celebración, y es que no he caído en el movimiento Cursillos de Cristiandad por casualidad.

Dios me regala esta comunidad donde hay constantes muestras del amor de Cristo, un lugar donde mayores, adultos, jóvenes y niños conviven. Donde la vida no está de paso, la vida está para ponerle color, para celebrar, para recordar y vivir juntos la resurrección de Cristo. Para trabajar en silencio como hacía Nacho Jiménez, para cuidar al resto como hacía Ana Gómez, para esforzarse como todos los del equipo, pero sobre todo para hacer comunidad como hicimos todos los presentes esos 4 días.

Ha sido una Pascua donde el dolor y la alegría han tenido hueco, donde Cristo te dice que te ama pero que no seas necio. Cristo quiere que le miremos, que nos la juguemos; Cristo resucita para pedirnos más y darnos el doble.
¡De Colores!

Pablo Gil del Valle


