Este año, nuestra Ultreya diocesana tuvo un toque muy especial: la celebramos en plena Octava de Pascua, como el primer encuentro oficial de toda la comunidad después del Triduo Pascual.
Fue un reencuentro marcado por la alegría profunda de saber que Cristo vive. La Eucaristía fue una auténtica misa de Gloria, vivida con intensidad y belleza. El equipo de música estuvo impresionante, ayudándonos a orar y a celebrar. De manera muy especial, el salmo cantado por Elena Palanca y Cristina Rubio; y la secuencia de la Octava de Pascua, cantada por Diana y Álex, nos hicieron entrar con hondura en el misterio del Resucitado.

La celebración comenzó con la acogida y bienvenida de nuestro consiliario, Jaime López, que saludó con cercanía y gratitud a nuestro obispo auxiliar, Don Vicente Martín, subrayando el valor de este encuentro diocesano vivido en Pascua. La presencia de Don Vicente fue un verdadero regalo para la comunidad. Sus palabras nos animaron a vivir nuestra fe desde la comunión y la autenticidad, recordándonos que una Iglesia viva es aquella que camina unida, con verdad, dejándose transformar por Cristo en lo concreto de la vida.
El rollo de Jota sobre el lema “El espíritu me envía a evangelizar” fue profundamente conmovedor. Tuvo muy presente la figura de Santi Jiménez, su amigo del alma y hermano de comunidad que ya está con el Padre, y supo unir ese dolor tan humano con la experiencia de los discípulos tras la muerte de Jesús. Al escucharle, conecté su pérdida con la de aquellos que vieron morir a Jesús, y comprendí nuevamente que solo la Resurrección puede transformar el duelo y la oscuridad en esperanza. La vida empieza a cambiar cuando te anuncian que Jesús está vivo, pero la vida cambia de verdad cuando te encuentras con el Resucitado y eso te lleva de manera natural a fermentar tus ambientes.

Las resonancias de Gonzalo Jiménez, Elena Barañano, Pilar Turbidi y Juan Carlos Arcones, presidente de Cursillos de Cristiandad de Madrid, enriquecieron aún más la Ultreya, mostrando cómo el Espíritu les sigue llevando a evangelizar en realidades distintas, pero con un mismo fuego interior y un mismo amor a la Iglesia.
También pude compartir mi propia resonancia. Recordé cómo, hace año y medio, la muerte de mi hermana María me llevó a pensar sinceramente que no iba a poder salir de un dolor tan grande. Y, sin embargo, hoy puedo decir que Dios también resucita nuestras vidas.
Álvaro y yo estamos celebramos nuestro 10º aniversario de boda, y puedo afirmar con certeza que poner a Cristo vivo en el centro del matrimonio no solo nos ha ayudado a seguir juntos, sino a querernos mejor y más cada día; y juntos ser apóstoles.

Me emocionó especialmente la presencia de nuestra madrina de la Ultreya diocesana, Paquita Flores, que hizo su Cursillo hace 45 años y estuvo allí con nosotros, sosteniendo esta Ultreya desde su oración fiel y su presencia discreta desde hace semanas.
Salí de esta Ultreya con el corazón lleno y agradecido, convencida de que todo es para bien de quienes confían su vida a Cristo resucitado; y que el mundo necesita nuestras vidas transformadas.
¡De Colores!

Astrid Regojo


